La película Belleza Colateral (Collateral Beauty, 2016) de David Frankel se presenta como un drama conmovedor que explora las profundidades del dolor, la pérdida y la búsqueda de significado tras una tragedia devastadora. Howard Inlet (Will Smith), un exitoso ejecutivo de publicidad, se ve sumido en un abismo de desesperación tras la muerte de su hija. La narrativa, sin embargo, trasciende el mero lamento para tejer una compleja meditación sobre la naturaleza del tiempo, el amor y la muerte, personificados en tres figuras enigmáticas que interpelan directamente a Howard. A través de su confrontación con estas entidades, la película argumenta que la aceptación de la totalidad de la experiencia humana, tanto del dolor como de la alegría, es fundamental para sanar y reencontrar la conexión con la vida.
El núcleo del conflicto de Howard reside en su incapacidad para procesar la pérdida de su hija, lo que lo lleva a aislarse y a descuidar su vida y su negocio. Sus socios comerciales, Claire (Kate Winslet), Simon (Michael Peña) y Whit (Edward Norton), preocupados por la estabilidad de la empresa y la cordura de Howard, contratan a una compañía de detectives para filmar a Howard en momentos de vulnerabilidad, con la esperanza de declararlo incompetente y así poder vender la compañía. Sin embargo, este plan se ve complicado cuando las tres figuras misteriosas – Madame Luz (Keira Knightley), Ammon (Jacob Latimore) y Rubia (Naomie Harris) – intervienen, cada una representando un pilar filosófico: el amor, el tiempo y la muerte. Estas figuras no son meras alucinaciones; se manifiestan como manifestaciones tangibles de los conceptos que representan, desafiando la percepción de Howard sobre la realidad y obligándolo a confrontar sus demonios internos.
La personificación de la muerte, encarnada por Rubia, es particularmente impactante. Su diálogo directo y su presencia imponente obligan a Howard a dejar de lado su negación y considerar la inevitabilidad de su propio fin y el de todos. No se trata de una figura malévola, sino de una fuerza natural, un recordatorio de la finitud que, paradójicamente, puede infundir valor a la vida. De manera similar, Ammon, representando el tiempo, confronta a Howard con la idea de que el tiempo no es una fuerza que se pueda recuperar o detener, sino un flujo constante que exige ser vivido plenamente. Su interacción pone de relieve la obsesión de Howard por el pasado y su incapacidad para abrazar el presente. Finalmente, Madame Luz, personificando el amor, desafía a Howard a reconocer que, a pesar del dolor, el amor persiste y conecta a las personas a través del tiempo y el espacio. La película sugiere que el amor, incluso después de la pérdida, sigue siendo una fuerza vital que puede ser una fuente de consuelo y renovación.
La estructura narrativa de Belleza Colateral es intencionalmente fragmentada, reflejando el estado mental de Howard. Las secuencias en las que interactúa con las personificaciones de Luz, Tiempo y Muerte se entrelazan con flashbacks y escenas de su vida cotidiana, creando un mosaico de su experiencia. Esta técnica visual y narrativa refuerza el tema de la alienación; Howard se siente desconectado de sí mismo y del mundo que lo rodea. La cinematografía, con su uso de luces y sombras, y la música de Theodore Shapiro, contribuyen a la atmósfera melancólica y contemplativa de la película, amplificando el impacto emocional de la historia. Al forzar a Howard a dialogar con estas fuerzas abstractas, la película no solo aborda el duelo individual, sino que también critica implícitamente la superficialidad del mundo corporativo y de las relaciones humanas que a menudo priorizan el éxito material sobre la conexión emocional genuina. Al final, la sanación de Howard no proviene de la negación de su dolor, sino de su integración en la totalidad de su existencia, reconociendo que la belleza de la vida se encuentra precisamente en su fragilidad y transitoriedad.